martes, 16 de julio de 2013

FUSION Y CONFUSION: NI UNIVERSIDAD BONSAI NI UNIVERSIDAD FRANKENSTEIN


                                                                                                     Lázaro Álvarez



No creemos equivocarnos si en nuestro diagnóstico encontramos tres ejes prioritarios de desarrollo, objeto de nuestra lucha, y ausentes de la UNEY hasta AHORA: 1. democratización de los procesos (respaldada por la instrumentación de consensos surgidos del ejercicio de la democracia directa y, a la vez, de una democracia deliberativa), 2. autonomía  (en la forma  de un ejercicio concreto de cogobierno y autogobierno) en las decisiones internas relativas a nuestra autodeterminación, a la que tenemos derecho legal desde enero de 2007, y 3. legitimación y normativización de todos los procedimientos y formas de ejecución, planificación y control a través de vías administrativas objetivadas en normas y reglamentos para evaluar y tomar decisiones y conducir nuestros conflictos con justicia y equidad. Plantear siempre estos objetivos de manera unitaria y solidaria es lo que va a dar firmeza, coherencia y contundencia a nuestras luchas.
Sabemos mejor que nadie que también es urgente un proceso de reintegración de la comunidad frente a las mermas y la desarticulación de la misma que esta crisis ha producido durante los últimos seis años. Pero esa integración tiene que ir pareja con la conquista de los otros tres ejes ya citados y debe ser, por tanto, una integración horizontal a partir de la cual avanzar juntos. Nótese que digo integración en la diversidad, más allá de la enorme inmadurez en que nos paralizan los resquemores y egocentrismos, no unión utópica y sentimental de todos, que es  cosa muy difícil.
No es un esnobismo a ultranzas ni un misionerismo populista lo que va a construir una universidad moderna. Lo que perdemos de vista cuando no podemos comprender a plenitud un concepto tan vital como el de autonomía es el desarrollo original y más profundo de una experiencia universitaria auténticamente  nueva, viva, libre y creadora. La universidad no es un simple instituto de nuevas profesiones: en todo el mundo hay institutos de educación superior y hay universidades. Si eso no puede ser comprendido, es una lucha vana. Sería trivializar y tergiversar el verdadero sentido de las universidades. Es sobre esto sobre lo cual falta meditar, reflexionar y debatir con mayor propiedad y con mayor profundidad.
Sólo una universidad autónoma y con vida propia, mucho más que en esas instituciones portátiles y prefabricadas con cartón piedra, producidas en serie, vacías e intrumentalizadas para otros fines distintos al saber y la búsqueda de la verdad, puede generar universitarios críticos y creativos quienes, a su vez, y a través de la actividad académica, pueden crecer vigorosamente como personas y como profesionales e investigadores.
El desarrollo con autonomía de sus propias especificidades y fortalezas, es lo que ha permitido, por ejemplo, a otras universidades más conocidas, como a la Universidad de Buenos aires, o de Sao Paulo o a la UNAM, o cualquier otra de Latinoamérica (y cuyos problemas son otros), crecer y establecer convenios según  fortalezas  que sólo el clima de la autonomía les ha hecho posibles para poder establecer relaciones  de par a par con otras universidades del mundo.
UN BELLO BONSAI QUE NUNCA CRECE
¿Qué ventajas tiene ser un  enorme elefante (“una universidad más potente”)   frente a una universidad pequeña que puede ir creciendo según su propia especificidad, es decir, un crecimiento orgánico,  y según pautas propias y nacidas de su misma interioridad? Pero ya no para seguir siendo la pequeña Universidad del florero particular de un grupo que la cultiva como su bonsái preferido, por supuesto, haciéndola crecer a su voluntad con un “amor” asfixiante que no le permitirá crecer  según su vitalidad interna, atrofiando artificialmente sus ramas.
Tampoco puede ser solución convertirnos de golpe y porrazo en una falsa y plástica  Superuniversidad con la unión artificial y forzada de estructuras distintas (y de historias distintas) bajo el pretexto de ahorrar recursos o de justificar un nuevo reglamento, como si se tratara de una cadena de producción en serie de hamburguesas ante la  que, simplemente, se debe calcular su inversión para dosificar gastos. Es de una espectacular simpleza pensar en que la solución es convertirnos en una gran maquinaria de instrucción docente con una enorme estructura burocrática (aumentaría la cadena de jefes, por ejemplo, para resolver un problema de aulas o de jardinería o de compras y algunos de ellos se harían más inaccesibles) especie de Gran Hermano que nos disolvería y, frente a tan grandes estructuras, nos minimizaría más como sujetos humanos protagonistas de un proceso original tan específico de conocimiento y enseñanza, muy distinto al de producir profesionales como chorizos en serie.  La eliminación de toda especificidad elimina también motivaciones naturales para querer superar metas y alcanzar logros más allá del gris objeto de las masas amorfas de las sociedades colectivistas como en la vieja Unión Soviética, que declaró la muerte del individuo y declaró también la muerte de un concepto más concreto y vital de humanidad. Las estructuras burocráticas hipertrofiadas deshumanizan más, distancian más, despersonalizan más sus propios procesos.
CENTRALIZAR Y CONTROLAR
Además, no es igual un Instituto Politécnico o un Instituto Pedagógico o un liceo grande o una Escuela  Normal que una Universidad propiamente dicha. Una cosa son los Institutos de Educación Superior y otra las Universidades verdaderas. Recordemos que la pululación de “universidades” en Venezuela, es decir, la moda de llamar Universitario a todo instituto de enseñanza e instrucción pública que ya no fuera bachillerato, apareció en los años setenta por la ambición de alcanzar cualquier profesor el excelente estatus económico que entonces tenían los profesores universitarios. Su móvil estuvo en las luchas gremiales del momento, quizá, por lo demás, muy justas. Los institutos tecnológicos, los politécnicos y los pedagógicos se convirtieron entonces en “Universitarios” y se exigió equivaler los sueldos y las reivindicaciones laborales de un modo igual para todas las instituciones de educación superior del país. Crear Universidades temáticas nuevas puede ser un acierto, sino una extraña paradoja, para incrementar matrículas al costo de reducir la vocación universal y de libres centros de creación de conocimiento que deben ser siempre las auténticas universidades. Igual puede ser  un acierto unir institutos tecnológicos de idéntica factura para elevarlos a la forma de los Politécnicos. Pero no lo es hacer un rasero y homogeneizar obligatoriamente a todas estas distintas instituciones de investigación, enseñanza y profesionalización como la que representan la UNEY y el IUTY.
¿Quién puede estar seguro de que las asimilaciones que se pretenden corresponden a instituciones similares y que no habría el sacrificio de aspectos que son irrenunciables al espíritu de las verdaderas universidades y a los altos fines que tienen asignados, que no es simplemente producir profesionales como chorizos?
La ventaja que puede tener para el gobierno creo que no pasa más que de construirse un cómodo mecanismo de control político de instituciones todavía irreverentes ante el gran Poder, como siempre lo han sido. Pero, en una gris Universidad Nacional adocenada, uniformizada, oficializada y centralizada, levantada como una enorme maquinaria impersonal, sin rostro humano, no tendría ningún valor la iniciativa individual, la de los individuos reales de carne y hueso. Estos  son quienes verdaderamente crean, se rebelan y construyen no solamente un conocimiento y un país sino también su propia libertad. Pero también allí desaparecería el sentido de las tres grandes reivindicaciones que aspiramos para sentir que ya somos una Universidad con mayoría de edad (en el sentido Kantiano) y que podemos superar en libertad y por nosotros mismos la etapa previa de esta crisis: es decir, las reivindicaciones de Democratización, Autonomía, y Reglamentación de todos los procesos a través de los cuales, no sólo la Universidad se levantaría como una auténtica institución dedicada a las más altas actividades del espíritu y del saber, sino que nos convertiría en sujetos auténticos de esa creación. Si se nos arrebata esta oportunidad, se nos arrebataría, con su pérdida, una de las oportunidades más valiosas para crecer como profesionales, como personas y como hombres y mujeres, como comunidad auténtica, para cuya labor son imprescindibles dichas conquistas, realizadas como conquistas reales en su experiencia de hacernos  más humanos. Y que lo hagamos nosotros democráticamente, a través de asambleas y unidos por encima de nuestras diferencias, siempre será una experiencia irrenunciable.
UN NUEVO FRANKENSTEIN SIN  VIDA: FUSION Y CONFUSION DE LA UNEY
En el 2008 vi un cuadro del Ministerio del poder Popular para la Educación Universitaria en donde, en su relación proporcional entre matrícula y gastos, la UNEY aparecía en segundo lugar después de la Universidad Simón Bolívar. Pero esto no puede justificar por sí solo una transformación tan   drástica para crear ese nuevo y enorme Frankenstein con pedazos de conceptos distintos de instituciones educativas y  de investigación.  No es, por tanto,  sólo un problema de presupuesto y de su mejor distribución y gasto: las muestras estadísticas también suelen ser engañosas. Mucho menos, el modo mas maquiavélico posible de sacarse de encima un Reglamento que, pese a todo, preserva la vocación autonomista de la Universidad. A eso no puede reducirse el problema de la Uney y de las universidades en el país. Los asuntos presupuestarios no pueden conducir a cambiar estructuras que dependen de conceptos distintos o de una naturaleza esencialmente distinta al problema puramente económico.
Bueno sería que, después de muchos años, una vez que la UNEY haya alcanzado las reivindicaciones que le permitan crecer, podamos mirar como una obra propia a  una universidad vigorosa, sólida, libre y verdaderamente autodeterminada, sin ayuda de posesivos tutores ni de cogollos político-partidistas, sino amplia, abierta y autogestionada por sus propios medios intelectuales, por el esfuerzo  de su comunidad y desde dentro de sus propios procesos. Bueno también sería que - una vez también que el IUTY, convertido en Universidad Politécnica, haya alcanzado el nivel de desarrollo que prometen sus potencialidades-, si surgiera la iniciativa de estudiar la posibilidad de la síntesis y la fusión de ambas, podamos valorar el error que esa fusión (y confusión) hubiese significado: matar dos proyectos vivos para armar uno más artificial que crecerá pero nunca florecerá porque nació muerta, como Frankenstein. Entonces me gustaría saber cuáles podrían ser los argumentos: es evidente que se haría más visible la inviabilidad de tal medida.   Entonces se vería mucho más claramente sus diferencias, sus distintas vocaciones y el destino propio que corresponde a cada una para llegar a ser grandes centros productores del pensamiento libre y no simples lugares de adiestramiento ni puros centros de “instrucción”. Serían, no lugares estáticos como ahora, sino espacios vivos de verdadera búsqueda de la verdad y desarrollo del conocimiento para los hijos de esta tierra encantada de Yara y del país entero: una universidad libre, viva, original y profundamente creadora. Y no una Universidad Zombie, media viva y medio muerta a un mismo tiempo.

San Felipe, octubre de 2011.

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