Lázaro Álvarez
Pareciera evidente que la intervención del estado en las Universidades
se justificaría sólo si fuese para garantizar aún más la pureza de la autonomía misma. Por ello, la relación de
la universidad con el Estado (bajo cualquier gobierno) debe necesariamente ser tensa e incómoda, así como su propia relación
interna entre autonomía, pertinencia social y competencias. Pero nunca ha sido
un don concedido generosamente: dicha autonomía le ha costado a la universidad
venezolana más de cincuenta años de luchas.
Y ha
sido la lucha de todas las universidades. Desde las primeras, como la de
Bologna y la de París, estas instituciones nacieron como centros de saber que,
frente al desbordamiento de scholars
que querían oír a los más grandes maestros, hubo que autorizar abrir escuelas
fuera de los monasterios. Tal es el caso de Pedro Abelardo, cuya libertad y brillantez
le ganó fama pero, también la enemistad de la Iglesia. Para Derrida, fue el
fundador de la profesión de profesor. Y
para Emile Durkheim su experiencia también es fundadora de la naturaleza
esencial de las universidades: “Las
corporaciones universitarias de la Edad Media eran agrupaciones privadas
comparables a los gremios de oficios; no dependían directamente de los poderes
públicos. Esta independencia es igualmente necesaria para las nuevas
universidades ya que la ciencia que cultivan y enseñan debe ser libre”.
Igual decía Schelling en sus Lecciones
de 1803: “...Ya es harto conocido y aceptado que las Universidades son
instrumentos del Estado [...] El Estado está facultado indiscutiblemente a
suprimir completamente las universidades o convertirlas en escuelas industriales,
u otras similares, pero no puede suprimirlas sin abolir, al mismo tiempo, la
vida de las ideas y el movimiento científico más libre”.
Y en El Conflicto de la Facultades, que
escribió Kant en 1794 para resistir a la acometida conservadora luego de la
muerte de Federico II, se hace una reseña del desarrollo histórico y necesario
del concepto de autonomía, entendida como la construcción de un espacio de
libertad para la crítica fundada en la razón. Las Universidades, son, en consecuencia,
por su misma naturaleza y su función, espacios autorizados para definir sus
propias normas de funcionamiento.
Para
Nietzsche, tampoco la cultura y la inteligencia deberían subordinarse al Estado. Pues, así el
saber se convertiría en un saber burocrático. El mismo Nietzsche, igual que
Schopenhauer, se burlaba de la nominación por el estado de sus “pensadores
libres”.
En el siglo XIX, John H. Newman
definió la Universidad moderna como un lugar para la comunicación y la
circulación del pensamiento en un campo extenso de saberes: “…es la comunidad
de estudiantes y profesores que se reúnen para pensar”. Para Jean Paul Sartre: “La Universidad está
hecha para hombres capaces de dudar”. Para Robert Hutchins: “…es el espacio
recogido para meditar los problemas del mundo”. Y casi en el mismo sentido para
Karl Jasper: “…es el recinto sagrado de la razón”.
Condicionado por la crisis política y cultural de la España de comienzos
del siglo pasado, la visión de José Ortega y Gasset pareciera más convencional
por ser más pragmática y circunstancial: la universidad debe esencialmente
combatir la chabacanería del españolito
de a pie.
Pero, en general, la Universitas, para serlo esencialmente, debe
ser espacio para la libre búsqueda de la verdad desde cualquier visión del mundo.
Posibilidad del pensamiento. Pero también y por lo mismo, espacio para la
crítica, la emancipación, el pluralismo, el disenso y la discusión argumentada.
Precisamente por ser la casa de la razón y el espacio más propio de producción
de conocimiento, representa la experiencia
democrática más radical y su estructura debe ser la de una sociedad de iguales
con autogobierno y cogobierno. Si esta función crítica y creadora no es ya una
contribución social, entonces lo que se desea es convertir a las Universidades
en instituciones de otra naturaleza: oficinas adicionales y autoritarias de
gobierno, empresas o institutos de profesionalización en serie que produzcan
profesionales como chorizos, simples
centros de adiestramiento ideológico o “liceos más grandes”. Además de que se
confundiría su función y su esencia con la de Mercal, el INCEs, las Misiones,
los ministerios, los liceos, o los hospitales.
La universidad siempre ha estado en crisis
así como siempre ha de ser crítica. Pero no en el sentido de la crisis de
aquellos que gustan pescar en las aguas revueltas. Ni la de quienes atacan la
inclinación mercantilista del saber en pro de una más lamentable estatización
banalizante y sometedora de la misma. Si
revisamos su historia, en la medida en que encarna el principio más caro
de la ilustración y de la civilización occidental, la universidad es,
necesariamente, estado de crisis perpetuo de las necesidades del espíritu. Esta necesidad es crisis porque así es el
espacio esencial del pensamiento creador siempre en movimiento y en libertad. Y
la verdadera inteligencia es la puesta en duda de las verdades convertidas en
dogmas. Ya lo decía Nietzsche, “las verdades están hechas para ser criticadas,
no para ser idolatradas”.
Pierre Bordieu consideraba que las universidades no eran un aparato
sino un campo, un espacio de luchas: “Es un espacio de juego,
potencialmente abierto, con fronteras dinámicas”. No son espacios homogéneos e
inmutables sino lugares donde es esencial el conflicto y la diferencia
para su vitalidad intelectual y moral. Por tanto, nada más lejano del control
ideológico y la intolerancia. Esta naturaleza necesariamente libre del espacio
del saber es lo que le origina los ataques de los dogmáticos, de los grupos de
privilegios, y de los de la chatura intelectual del fanático esquematismo “revolucionario”.
En su Universidad sin condición,
Jacques Derrida va más lejos: “(…) Dicha universidad exige y
se le debería reconocer en principio, además de lo que se denomina la libertad
académica, una libertad incondicional de cuestionamiento y de proposición, e
incluso, más aún si cabe, el derecho de decir públicamente todo lo que exigen
una investigación, un saber y un pensamiento de la verdad”.
Quizá
retrocedamos ahora a los tiempos en que, en 1811, el Gran Rector Luis de Fontanes pedía
sumisión a Napoleón: “La universidad no tiene sólo por objeto formar oradores y
sabios, antes que todo, ella debe al Emperador sujetos fieles y devotos”. Pero ello, a costa de convertir a la
universidad en un “cadáver sin dignidad”. No hay que confundir, por tanto, la
transmisión del saber con la “transmisión del poder”. Pues, si bien no se debe
permitir la mercantilización del saber, tampoco podemos permitir su degradación
y su manipulación. Las universidades libres –o que aspiran a serlo siempre más-
son el riesgo que necesariamente todo gobierno verdaderamente democrático tiene
que correr.
(Publicado en el diario Tal Cual)
(Publicado en el diario Tal Cual)

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