“Mi patria es una isla/ mi patria es una
roca/ mi espíritu es isleño/ como los riscos donde vi la aurora”.(Endecha popular
canaria)
“La Orquesta del Titanic no dejó de tocar/ El
fox de los ahogados sin consuelo”. Joaquín Sabina.
“En la estrecha cisterna que llamáis
"Pensamiento" los rayos del
espíritu se pudren como parvas de paja. Basta de juegos de palabras, de
artificios de sintaxis, de malabarismos formales; hay que encontrar -ahora- la
gran Ley del corazón, la Ley que no sea una ley, una prisión, sino una guía
para el Espíritu perdido en su propio laberinto. Más allá de aquello que la
ciencia jamás podrá alcanzar, allí donde los rayos de la razón se quiebran
contra las nubes, ese laberinto existe, núcleo en el que convergen todas las
fuerzas del ser, las últimas nervaduras del espíritu…Déjennos, pues, señores,
tan sólo son usurpadores; ¿con qué derecho pretenden canalizar la inteligencia
y extender diplomas al espíritu?...” .(De: Carta
a los Rectores de Antonin Artaud).
“Hay que escoger: o descansamos o somos
libres”, (Tucídides).
Hoy, en el breve espacio –pero
espacio, al fin- político de la Uney, el estado de derecho prefiere suicidarse
creyendo que así se libera mejor de un turbio pasado reciente y aún amenazante.
Se olvida que, según el viejo Marx, las repeticiones de la historia se viven
primero como tragedia y después como comedia.
Sus actores olvidan también que todo origen es entusiasta y prometedor.
Que todo “libertador” o “fundador” no sabe aún qué semilla engendró tan oscuras
heridas y si la llevaba en él desde los tiempos míticos de los orígenes o si la
lleva en sí, aún, como un súcubo o un alien de feroz mandíbula babeante, en
nuestro largo sueño criogénico. Ni que, aquellos, que hoy prefieren olvidarse
vergonzosamente, también fueron gloriosos y liberadores, y adulados en ese
tiempo primigenio, antes que el Leviatán, el ogro filantrópico del poder, empezara a nutrirse de la agridulce soberbia
que nos rebosa a todos: algo quedó muy mal fundamentado.
El oportunismo y la ingenuidad se
dan la mano aquí por una coincidencia feliz de circunstancias en la que salió a flote, casi por accidente,
la gran vulnerabilidad legal de la Universidad y el hecho lamentable de que
quienes la conformamos estamos y estuvimos (y estaremos) a la intemperie y a
merced del más fuerte. Y cuando la ley es tan relativa así, y tan maleable,
aparece la arbitrariedad del “aquí mando yo” o del cuatribolismo del
gomecismo-perejimenismo-leninismo revolucionario, supralegal, sobradote y
superior. Triste legado éste, pues, que creímos mejor -y que soñáramos
excepcional- donde la prevaricación y el abuso quedaron servidos en bandeja de
plata como la tradición más viva en la administración de la Uney.
El escandaloso vacío legal que se
revela, a raíz de la súbita –y a su vez
escandalosa- desincorporación y nombramientos del septiembre negro, sorprende a
unos, mientras otros aprovechan el turbio momento para pescar, deslizándose
subrepticiamente en las oficinas del poder. Otros más, descubriéndose a sí
mismos ahora minoritarios y violentos, y sin las caras ropas de la altanería
perdida, coléricos y apocalípticos, tardan
en ver su desnudez y su miseria. Por momentos creen que pueden construir
palabras y sentidos con la hiel que supuran y no con el soplo ardiente del
espíritu. Así, oportunistas, ingenuos y difamadores, se cruzan en el
desordenado circo en que montan sus anémicos dramas, que casi dan risa: una
risa amarga. Una risa como la de quien sonríe sobre el abismo.
Se trata del Caos, por supuesto,
que no tuvo previa o alternativamente un Cosmos. La apresurada glorificación de
algo que podía llegar a ser grande. Que se nos vendió así sólo para que, bajo
el ritmo de los gritos de venta, nos dejáramos meter gato por liebre. Y que, en
un instante también súbito, en la grieta inesperada que se nos abrió en
septiembre, tuvimos la posibilidad de salir a la luz de la caverna y decir con
palabras más propias a la Universidad: Ser libres. Pero los pasamanos del
miedo, la miel agria del rencor, la ignorancia ciega y la rutina de las
ambiciones volvieron por sus fueros. Pero, mucho antes de tiempo, ya teníamos
la galería de héroes agasajados con los nichos prevenidos para los nuevos: algo
fue mal fundado. Una estatuaria de bustos, ecuestres y oferentes, sustituye rápidamente a otra, sobre los mismos
pedestales y nuevas placas de conmemoración sobre los mismos sitios. Y así, nunca
terminamos de llegar ni llega ningún agrimensor al kafkiano Castillo, permanentemente lejos e
incompleto, permanentemente en un sitio que no es suyo. Nuevas crónicas de la
infamia son seguidas por falsas crónicas de la dignidad y nacen nuevos lacayos y
amanuenses. El carapacho de una Universidad levantada con bloques baratos sigue
sirviendo para justificar el uso de una pintura nueva y pone a resguardo todos
los botines.
Y, en el breve tiempo en que
siempre seguiremos ausentes o dormidos, lo que oímos como sirenas no son los
ecos de la melodía deliciosa del son cubano ni los sonidos del cuatrico de
denuncia social en que se glorificaba una Uney que no era, sino los acordes
monótonos de la vieja orquesta que sigue
en sus rutinas mientras el barco hace aguas.
(PUBLICADO EN EL DIARIO
TAL CUAL EL 10 DE NOVIEMBRE DE 2012)
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