viernes, 12 de julio de 2013

PUERTAS AL CAMPO

Nada más libre, y paradójico, que el espacio donde quiere nacer el pensamiento. Nada más vacío que allí donde auténticamente aparece –y desaparece-. Y nunca nosotros sino ellos, los pensamientos, solos por sí mismos. Más asombrosos aún en la intemperie, en la larga intemperie que padecemos. En esa ausencia dolorosa del pensamiento mismo que solo podemos alcanzar si sabemos abandonarnos a ella.

Ausencia insignificante y miserable que ni siquiera la miramos, ocupados como andamos en nuestros negocios. Esa ausencia paradójica: la ausencia del ejercicio vital de pensar entre nosotros, molesto ejercicio de deshabituación y renovación. Para todos, amigos, figuras públicas, intelectuales, profesionales, etc., pensar no es más que repetir ideas ya hechas pero de poco uso, “prolongar rutinas adquiridas”, volver escasamente sobre lo mal aprendido en una conversación que surge incómodamente entre las rutinas de la vida consagrada a “calcular gastos y beneficios”, a la búsqueda de pequeños placeres y de un poco de confort. No es nunca la necesidad de atreverse a ir por el camino que nos somete a rupturas, que nos priva momentáneamente de seguridades habituales, que nos suspende, nos reta, nos amenaza, nos mueve y nos conmueve. Sendas peligrosas. La árida necesidad de dar, o intentarlo al menos, formas y órdenes nuevos a lo acostumbrado o a lo no conocido. Como perseguir “piélagos íntimos”. Necesidad tan esencial e irrenunciable que no podemos postergarla ni entregársela a “otros”. Nada por tanto, más paradójico que esto, afán irrenunciable: poner puertas al campo.

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