Nada más libre, y paradójico, que
el espacio donde quiere nacer el pensamiento. Nada más vacío que allí donde
auténticamente aparece –y desaparece-. Y nunca nosotros sino ellos, los
pensamientos, solos por sí mismos. Más asombrosos aún en la intemperie, en la
larga intemperie que padecemos. En esa ausencia dolorosa del pensamiento mismo
que solo podemos alcanzar si sabemos abandonarnos a ella.
Ausencia insignificante y
miserable que ni siquiera la miramos, ocupados como andamos en nuestros
negocios. Esa ausencia paradójica: la ausencia del ejercicio vital de pensar
entre nosotros, molesto ejercicio de deshabituación y renovación. Para todos,
amigos, figuras públicas, intelectuales, profesionales, etc., pensar no es más
que repetir ideas ya hechas pero de poco uso, “prolongar rutinas adquiridas”,
volver escasamente sobre lo mal aprendido en una conversación que surge
incómodamente entre las rutinas de la vida consagrada a “calcular gastos y
beneficios”, a la búsqueda de pequeños placeres y de un poco de confort. No es
nunca la necesidad de atreverse a ir por el camino que nos somete a rupturas,
que nos priva momentáneamente de seguridades habituales, que nos suspende, nos
reta, nos amenaza, nos mueve y nos conmueve. Sendas peligrosas. La árida
necesidad de dar, o intentarlo al menos, formas y órdenes nuevos a lo
acostumbrado o a lo no conocido. Como perseguir “piélagos íntimos”. Necesidad
tan esencial e irrenunciable que no podemos postergarla ni entregársela a
“otros”. Nada por tanto, más paradójico que esto, afán irrenunciable: poner
puertas al campo.
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