La necesidad de que la
Universidad pase a ser tema de un debate público y responsable, y una
inevitable exigencia de honestidad y de coherencia con nosotros mismos, nos
lleva a reincidir en el “exabrupto” de
mencionar el tema del vacío legal en el que
nos encontramos o, al menos, el de un viciamiento casi general de las
decisiones tomadas desde 2007 hasta ahora, que han afectado profundamente la
vida de la UNEY. Esta es la caja de Pandora que a todo mundo
parece que le aterroriza destapar y ver en toda su magnitud. Pero hay que
hacerlo, lamentablemente. Y, como ocurrió en el mito, a pesar de ese ambiguo
regalo del poderoso Zeus para justificar la presencia de fuerzas oscuras en los
humanos, sin embargo, siempre nos queda la Esperanza.
Reincidir en ello, no significa, por supuesto,
el burdo deseo de descalificar a nadie en particular sino la necesaria
recuperación de la única vía verdadera que cura y sutura el cisma abierto desde
hace muchos años: la cruda revisión de los hechos. Entender esto, sin
tergiversar sus intenciones, es un acto básico de inteligencia.
Insistimos, entonces, puesto que
peor es el silencio, en que, según la lectura del reglamento interno y de la Ley de Universidades, el equipo de
autoridades anteriores, incurrió en irregularidades muy propias o muy cercanas
a la Prevaricación desde hace años
atrás: la obligación de llamar a elecciones para nombrar autoridades en enero
de 2007 fue omitida para conseguir ser ratificadas las mismas autoridades (a
excepción del Secretario, ilegalmente sustituido) en un decreto de noviembre de
2008 tan espurio como el nuevo decreto que los desaloja y nombra a las nuevas
autoridades en septiembre de 2011. Esas decisiones erróneas y “normalizadas”
durante tanto tiempo han conducido a un callejón sin salida: a un estado de
anomia y de excepcionalidad, donde incluso dicho nombramiento de las
autoridades nuevas resulta jurídicamente impreciso e infundamentado por no
ajustado a las mismas leyes vigentes, tomando así, estas nuevas autoridades,
decisiones que vuelven a coincidir o a estar cerca de la improvisación, la
ambigüedad legal o la prevaricación en su más amplio sentido.
Situación que, evidentemente, se
gesta en años anteriores, durante los cuales la universidad, de no haber sido
sometida por la líbido dominandis que
recorre aún hoy sus pasillos como un
fantasma (y el uso de métodos insidiosos para permanecer o acceder al poder),
pudo -en doce años- haberse blindado
jurídica, administrativa y académicamente para asegurar su autonomía y sus
formas democráticas, y para evitar las manipulaciones políticas y las
depredaciones de grupos de intereses egoístas de que es y puede ser objeto en
su estado de precariedad actual.
No se trata de que las leyes no tengan
fronteras de incertidumbre ni que no existan situaciones no contempladas en
ellas, sino que en el Reglamento Interno de la Uney (art 104) y en la
Ley de Universidades vigentes (art 20, numerales 10 a 16) está muy claro, por
más que queramos apartar de allí la vista como de algo que nos asusta, cuáles
son los procedimientos cuando se ha incurrido en dichas irregularidades. El
principio básico de vivir en la verdad a que todos estamos obligados, pasa
necesariamente por cumplir las leyes, sin atajos, sin tropelías y sin insidias.
Y pasa -para alcanzar nuestros fines- por no transigir en aceptar medios indignos
por impaciencia o por miedo. Los fines no justifican los medios: “hay medios
que no se pueden excusar”.
Pero para no caer, en ese momento
de las circunstancias, en lo que Paul
Watzlawik llamaba ultrasoluciones (como las ofrecidas por las partes involucradas
en el absurdamente interminable conflicto árabe-israelí), que siempre conducen a convertir un problema
en irresoluble y llevarlo al caos más absoluto, creemos que había que mediar y
tratar de mejorar no sólo el contenido de lo que queremos comunicar sino la
forma de relación que sostiene ese contenido. Por tanto, propusimos buscar una
solución honesta por consenso con la participación de todas las partes involucradas,
siempre apegándonos estrictamente a lo que dicten las leyes y reglamentos
vigentes, nos guste o no lo que allí diga.
Esto es: que, en la irregularidad
en que nos encontramos, nos permitiéramos que las asambleas de profesores y de demás
miembros de la comunidad universitaria (que son, en este caso, el soberano y la
fuente más originaria de legitimidad), contribuyan a relegitimar los procesos
legales y representativos, a partir de una situación ya dada, y por consensos
indudables e irrecusables y a través de
la más absoluta claridad de todas las acciones emprendidas para lograrlo. Aunque esto incluyera la posibilidad de
reconocer a las nuevas autoridades como regulares por cuatro años o como
transitorias para reconducir su nombramiento. Pero también implicaba que dichas
autoridades reconocieran sin ambigüedades la beligerancia y la legalidad de
dichas asambleas y la necesidad, por lo demás muy saludable, de compartir el
poder decisorio (y la constitución del Consejo Universitario como máxima
autoridad) con los representantes elegidos democráticamente por dichas asambleas.
Siempre y en todo caso, para reconducir en corto plazo a la universidad a la legalidad y a la
tranquilidad necesaria. Y, por consiguiente, a recuperar la autonomía y a echar
el piso necesario sobre el cual seguir
desarrollándose y seguir creciendo como universidad en una nueva etapa de su
historia.
Pero no fue posible: el hábito del miedo y la
sumisión, el insulto y el resentimiento, la suspicacia y la difamación pudieron
más que las razones. Las asambleas fueron saboteadas o abandonadas en una
muestra escandalosa de desidia, de inmadurez y de falta de conciencia
universitaria para caer en lo que habíamos previsto en 2011: la rutina vacía de
la docencia, la inercia institucional, la división y el oportunismo. Y, lo más
probable, que la genuflexión y la humillación vuelvan a ser métodos de
movilización y subsistencia laboral para dar sentido a aquel lema que, según
dicen, sostenía la vida del funcionario público en la época de Gómez:
“Callemos, vivamos y aprovechemos”.
La caja de Pandora, quizás sea el
símbolo de nuestro propio subconsciente y sus contenidos ambiguos, terribles o
cautivadores. Pero llegará el momento de conocernos bien a nosotros mismos como
comunidad, superando nuestras compulsiones más primarias: el de ver
directamente a la Gorgona a los ojos sin paralizarnos. Y el de crecer, a partir
de la honesta mirada sobre los que somos y lo que hemos sido. Y el de reclamar lo que auténticamente debe
ser una Universidad Libre. Y el de reivindicar nuestras mejores y más reales
posibilidades.
2 de agosto de 2012

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