lunes, 15 de julio de 2013

LA CAJA DE PANDORA



La necesidad de que la Universidad pase a ser tema de un debate público y responsable, y una inevitable exigencia de honestidad y de coherencia con nosotros mismos, nos lleva a reincidir en  el “exabrupto” de mencionar  el tema del vacío legal en el que nos encontramos o, al menos, el de un viciamiento casi general de las decisiones tomadas desde 2007 hasta ahora, que han afectado profundamente la vida de la UNEY. Esta es  la caja de Pandora que a todo mundo parece que le aterroriza destapar y ver en toda su magnitud. Pero hay que hacerlo, lamentablemente. Y, como ocurrió en el mito, a pesar de ese ambiguo regalo del poderoso Zeus para justificar la presencia de fuerzas oscuras en los humanos, sin embargo, siempre nos queda la Esperanza.
 Reincidir en ello, no significa, por supuesto, el burdo deseo de descalificar a nadie en particular sino la necesaria recuperación de la única vía verdadera que cura y sutura el cisma abierto desde hace muchos años: la cruda revisión de los hechos. Entender esto, sin tergiversar sus intenciones, es un acto básico de inteligencia.
Insistimos, entonces, puesto que peor es el silencio, en que, según la lectura del reglamento interno  y de la Ley de Universidades, el equipo de autoridades anteriores, incurrió en irregularidades muy propias o muy cercanas a la Prevaricación desde hace años atrás: la obligación de llamar a elecciones para nombrar autoridades en enero de 2007 fue omitida para conseguir ser ratificadas las mismas autoridades (a excepción del Secretario, ilegalmente sustituido) en un decreto de noviembre de 2008 tan espurio como el nuevo decreto que los desaloja y nombra a las nuevas autoridades en septiembre de 2011. Esas decisiones erróneas y “normalizadas” durante tanto tiempo han conducido a un callejón sin salida: a un estado de anomia y de excepcionalidad, donde incluso dicho nombramiento de las autoridades nuevas resulta jurídicamente impreciso e infundamentado por no ajustado a las mismas leyes vigentes, tomando así, estas nuevas autoridades, decisiones que vuelven a coincidir o a estar cerca de la improvisación, la ambigüedad legal o la prevaricación en su más amplio sentido. 
Situación que, evidentemente, se gesta en años anteriores, durante los cuales la universidad, de no haber sido sometida por la líbido dominandis que  recorre aún hoy sus pasillos como un fantasma (y el uso de métodos insidiosos para permanecer o acceder al poder), pudo -en doce años-  haberse blindado jurídica, administrativa y académicamente para asegurar su autonomía y sus formas democráticas, y para evitar las manipulaciones políticas y las depredaciones de grupos de intereses egoístas de que es y puede ser objeto en su estado de precariedad actual.
 No se trata de que las leyes no tengan fronteras de incertidumbre ni que no existan situaciones no contempladas en ellas, sino que en el Reglamento Interno de la Uney (art 104)  y en  la Ley de Universidades vigentes (art 20, numerales 10 a 16) está muy claro, por más que queramos apartar de allí la vista como de algo que nos asusta, cuáles son los procedimientos cuando se ha incurrido en dichas irregularidades. El principio básico de vivir en la verdad a que todos estamos obligados, pasa necesariamente por cumplir las leyes, sin atajos, sin tropelías y sin insidias. Y pasa -para alcanzar nuestros fines-  por no transigir en aceptar medios indignos por impaciencia o por miedo. Los fines no justifican los medios: “hay medios que no se pueden excusar”.
Pero para no caer, en ese momento de las circunstancias,  en lo que Paul Watzlawik llamaba ultrasoluciones (como las ofrecidas por las partes involucradas en el absurdamente interminable conflicto árabe-israelí),  que siempre conducen a convertir un problema en irresoluble y llevarlo al caos más absoluto, creemos que había que mediar y tratar de mejorar no sólo el contenido de lo que queremos comunicar sino la forma de relación que sostiene ese contenido. Por tanto, propusimos buscar una solución honesta por consenso con la participación de todas las partes involucradas, siempre apegándonos estrictamente a lo que dicten las leyes y reglamentos vigentes, nos guste o no lo que allí diga.
Esto es: que, en la irregularidad en que nos encontramos, nos permitiéramos  que las asambleas de profesores y de demás miembros de la comunidad universitaria (que son, en este caso, el soberano y la fuente más originaria de legitimidad), contribuyan a relegitimar los procesos legales y representativos, a partir de una situación ya dada, y por consensos indudables  e irrecusables y a través de la más absoluta claridad de todas las acciones emprendidas para lograrlo.  Aunque esto incluyera la posibilidad de reconocer a las nuevas autoridades como regulares por cuatro años o como transitorias para reconducir su nombramiento. Pero también implicaba que dichas autoridades reconocieran sin ambigüedades la beligerancia y la legalidad de dichas asambleas y la necesidad, por lo demás muy saludable, de compartir el poder decisorio (y la constitución del Consejo Universitario como máxima autoridad) con los representantes elegidos democráticamente por dichas asambleas. Siempre y en todo caso, para reconducir en corto plazo  a la universidad a la legalidad y a la tranquilidad necesaria. Y, por consiguiente, a recuperar la autonomía y a echar el piso necesario sobre el cual  seguir desarrollándose y seguir creciendo como universidad en una nueva etapa de su historia.
Pero  no fue posible: el hábito del miedo y la sumisión, el insulto y el resentimiento, la suspicacia y la difamación pudieron más que las razones. Las asambleas fueron saboteadas o abandonadas en una muestra escandalosa de desidia, de inmadurez y de falta de conciencia universitaria para caer en lo que habíamos previsto en 2011: la rutina vacía de la docencia, la inercia institucional, la división y el oportunismo. Y, lo más probable, que la genuflexión y la humillación vuelvan a ser métodos de movilización y subsistencia laboral para dar sentido a aquel lema que, según dicen, sostenía la vida del funcionario público en la época de Gómez: “Callemos, vivamos y aprovechemos”.
La caja de Pandora, quizás sea el símbolo de nuestro propio subconsciente y sus contenidos ambiguos, terribles o cautivadores. Pero llegará el momento de conocernos bien a nosotros mismos como comunidad, superando nuestras compulsiones más primarias: el de ver directamente a la Gorgona a los ojos sin paralizarnos. Y el de crecer, a partir de la honesta mirada sobre los que somos y lo que hemos sido.   Y el de reclamar lo que auténticamente debe ser una Universidad Libre. Y el de reivindicar nuestras mejores y más reales posibilidades.

        2 de agosto de 2012

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