lunes, 29 de julio de 2013

PREPARATIVOS PARA LA PELEA

(Elogio de la  universidad como asamblea del pensamiento)

                                                    Lázaro Álvarez
                                                              “Cuanto más grandes sean, más daño se harán al caer”, Bob Fitzsimmons, campeón de peso pesado más ligero que ha existido.

“…contra el poder/ que nunca abraza a los que pueden pensar/ contra el poder que siempre miente/ en nombre de la verdad/ contra el poder que nos convierte en extraños/  contra el poder que debilita y nada da/ que sólo quita/ y deshace lo que está/ contra el poder…”
Canción de Pedro Guerra.


Insólito cómo las diferencias entre creencia y razonamiento, u opinión y argumento,  o emociones e ideas, aparecen confusas en algunos profesores. Insólito aún más cuando opinan sobre categorías que pertenecen a realidades distintas y escamotean instituciones de instrucción pública por Universidades.
Así dicen: “el estudiante es nuestra razón de ser”, como si hablaran de un liceo. O “Asamblea es una reunión y yo sólo atiendo a las de mi coordinador”. O “las universidades se deben al Plan Nacional Simón Bolívar”, afirmaciones absurdas cuando se trata, no de instituciones de educación superior, sino de Universidades, espacios para el conocimiento.
Esta falta de precisión es la que hace que, mientras hablan de la belleza habida en el hecho de que nuestra Constitución defienda la diversidad, o del odio de los otros en seminarios sobre la paz mundial, monten en cólera  cuando alguien se atreve a contrariarlos.
Es hipócrita la creencia de que se respeten las ideas de los demás: se respeta a la persona,  no a las ideas. Si las ideas se reverenciaran como a  ídolos no cambiarían, ni progresarían ni se pudiera ser crítico ante nada, y el suyo sería un reino de sórdido silencio inamovible. Sin embargo, jamás debemos irrespetar la dignidad de nadie por pensar diferente. La dignidad de la persona humana es sagrada. Pero no puede haber mayor distancia entre emociones e ideas, entre cuerpo e intelecto o conciencia de sí y realidad personal, de lo cual todos pecamos un poco, como en el caso aquel de los coléricos: el cisma es abismal. Falta aquí, lucidez, que sólo se recibe en la refriega diaria con los otros y con nosotros mismos. Y falta la precisión que sólo nos la da la reflexión continua.
Así, las definiciones de asamblea. Hay, claro está, asambleas, aquelarres, concilios, cogollos, reuniones y conspiraciones, todas palabras parecidas pero padecidas de maneras distintas. El matiz que las distingue está en la calidad de la experiencia de libertad y autonomía que hayamos tenido la suerte de vivir. Todas estas, definiciones necesarias que nunca terminaríamos de precisar pero, en cuyo curso, nos definimos a nosotros mismos: el lenguaje nos habla.
Y lo más propio de las asambleas es que, en su círculo, el mazo autoritario del jefe se ha desvanecido, aunque todavía, para quien vive con miedo, encuentre su sombra por todos lados, e incluso, la necesite. Por tal razón,  en la UNEY, nunca se había hablado con tanta libertad y menos miedo, como ahora. Es un espacio que se ha conquistado, no que se ha concedido. En el mismo sentido en que Sartre decía que “nunca habíamos sido tan libres como durante la ocupación alemana”. Con él estamos cuando afirma que “el acto revolucionario es el acto libre por excelencia”. Pero de él nos separamos cuando defiende una violencia “purificadora”. Ninguna construirá un hombre nuevo: para Simone Weil, el frío acero de la violencia es tan mortal por la empuñadura como por la punta. Preferimos el razonamiento, el debate, las ideas, cuya casa más natural y elevada es el espacio de las universidades.
Asamblea es, entonces, espacio libre de autorrepresentación de nuestras posibilidades donde se mitiga la sombra autoritaria de la sumisión, la humillación y la enajenación a que nos someten siempre los caciques y pequeños caudillos, los cogollos y los grupitos de poder. Nada más intolerable para las mafias que las asambleas de hombres libres: las sabotean, las infiltran, las evitan, las difaman y las distorsionan. No las nutren, ni las mejoran, ni las defienden y desde su puerta gritan “aquí no hay nadie”, “tu no existes”.
Hay creencias, opiniones, emociones, pensamiento crítico y argumentaciones. Las creencias fueron verdades que cerraron los ojos y perdieron su vitalidad. Los razonamientos libres son frescos, abiertos y renovadores. Por eso puedo creer y nutrir mi creencia en nuevos razonamientos y experiencias, pero también cambiarla. Hanna Arendt decía que confundir los hechos con las opiniones es una agresión a la razón y no existe verdadera libertad de opinión donde ambos se confunden. Pero las opiniones, a diferencia de las argumentaciones, no procuran sostenerse en los hechos. Por eso preguntaba, “¿Está en la esencia  de la verdad el ser impotente y en la esencia misma del poder el ser falaz?”. Hay  una vocación innata del poder hacia la mentira y la manipulación. Y la lucha contra el poder es siempre una lucha de restauración de una verdad.
Esto es lo que ocurre en el uso de la palabra pública para encontrar verdades solidarias. La definición y la redefinición constantes. Puede haber apasionamientos, momentos críticos y desbordamientos pero la asamblea misma ofrece la oportunidad para el recentramiento, la reflexión y el diálogo. Es decir, la reorientación hacia el consenso: de lo individual a lo plural, de lo puramente instintivo a lo racional y espiritual. Afilamos la precisión de las palabras. Y tonificamos el corazón con la cabeza.
Eso es también la Universidad: debate y pensamiento creador. No lugares de instrucción ni rutinarios centros de profesionalización y adiestramiento. Ni centros de obediencia a un poder central. Mucho menos industrias o maquinarias de consolidación de creencias o doctrinas.  Las Universidades son grandes asambleas libres del conocimiento. Y las asambleas, el corazón mismo del espíritu libertario de las universidades. Lugar donde se realiza la mejor de todas las peleas. Claros del bosque: lugares de emancipación. Liza donde el espíritu derriba las grandes sombras del poder abusivo y las del miedo que erróneamente quiere cobijarse en el poder.
                                                                          (Publicado en el diario Tal Cual)


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