lunes, 22 de julio de 2013

UNA EDUCACION PARA EL OTRO


(Este es un resumen de una conferencia más extensa hecha para un seminario de postgrado al que fui invitado en julio de 2012 pero cuyos planteamientos fueron sorpresivamente tan irritantes para los organizadores que se evitó toda repercusión en la Universidad y en los medios locales. Ni tan transgresores ni tan originales, quizás lo que estos planteamientos incomodaban sería el haber  chocado inadvertidamente el rasero y la rigidez mental que los dispositivos del  poder y la vida provinciana más disciplinaria en las seudouniversidades imponen para autoperpetuarse)




Lo que he intentado comunicar aquí, en esta conferencia, como “Una educación para el otro” es que  vivimos en una larga crisis de la cultura occidental marcada por grandes eventos históricos que se constituyen en sus propios signos reveladores como, entre otros “síntomas”, el genocidio judío, una de sus más paradigmáticas expresiónes, tal como ya lo decía Theodor Adorno en su famosa conferencia de 1966. Así, la domesticación o la educación humana que realiza esta misma cultura, por sí misma no nos cura, en sus principios básicos,  de la posibilidad de cometer atrocidades. Por lo tanto, tampoco de fracasar en el proyecto humano de realizarnos y, al mismo tiempo, liberarnos. Los campos de exterminio fueron ejemplos del Mal Absoluto, del horror inexplicable, y no son un singular accidente histórico propio de la historia interna de Alemania sino una excrecencia típica de la vocación totalitaria en el seno de la misma cultura occidental cuyos fundamentos están dados en lo que Max Weber llamaba la Razón Instrumental y sus dualismos reduccionistas: malo-bueno, cuerpo-espíritu, etc. Y en el reforzamiento puro de un ego conquistador, autotélico y avasallador de la naturaleza y de los otros. Por ello Adorno afirma que “la primera de todas las exigencias de la educación es que Auschwitz no se repita”.
Esto implica que nuestra relación con el mundo y con los “semejantes”  es la de la imposición de nuestra visión y el dominio del otro, esquema que se repite en todas nuestras relaciones. Y en esta dinámica esencial se reduce, se elimina, se teme o se descalifica a todo lo que representa lo Otro, lo Diferente o lo Extraño. Esta otredad pueden representarla, alternativamente o al mismo tiempo, el judío, lo desconocido, la muerte, los negros (o, circunstancialmente los blancos), las mujeres, los niños, los viejos, los extranjeros  o los homosexuales a quienes se rechazan, se aíslan, se denigran, se matan,  se eliminan, se descalifican porque se les teme, se les odia, se les repudia  o se les excluye, mucho más allá de lo que podemos confesarnos a nosotros mismos y a pesar de los discursos moralizantes que hacemos para camuflarlo. Discursos que, a pesar de todo, ya llevan la semilla del gran Mal, la semilla de Auschwitz. Muy significativo al respecto es que, el mismo coordinador del seminario de postgrado que me invitó a dar esta conferencia, se apresuró a advertir, una vez que terminé de hablar, que “había que tener sumo cuidado con estos planteamientos pues, si somos tan tolerantes con, por ejemplo, la homosexualidad, ¿cómo haríamos después con su fácil propagación?”.
Aquí la frase de Renán de que “Yo, que soy cultivado, no encuentro el mal en mí,…” resulta más que una ingenuidad, a estas alturas en que ha ocurrido lo impensable en medio precisamente del mayor apogeo de la ciencia y la cultura occidental: la educación convencional que recibimos, por más refinada que sea, no impide ni impidió Auschwitz.
Romper con ello es priorizar una relación con  el Otro y es dar prioridad a una relación ética en la educación. Aprender es ya una relación de encuentro  (con lo otro, por supuesto y con lo desconocido). Una educación que no sólo impida otro Auschwitz, sino otros horrores como el enorme catálogo de injusticias y arbitrariedades cometidas en el siglo XX y el XXI, empieza por problematizar esta relación con lo Otro. Por tanto, esta pedagogía no puede ya ser repetitiva, ni centralizada, ni autoritaria, ni cerrada, ni instructiva, ni doctrinaria, ni hegemónica -como entiendo que es la educación actual en Venezuela- sino libre, horizontal, plural, riesgosa, creadora, abierta, incluso llena de dudas y hospitalaria para que pueda ser una verdadera apertura al otro y contribuya de verdad a la transformación y la emancipación auténticas de los hombres y mujeres en nuestro propio tiempo.

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