(Este
es un resumen de una conferencia más extensa hecha para un seminario de postgrado al que fui
invitado en julio de 2012 pero cuyos planteamientos fueron sorpresivamente tan
irritantes para los organizadores que se evitó toda repercusión en la
Universidad y en los medios locales. Ni tan transgresores ni tan originales,
quizás lo que estos planteamientos incomodaban sería el haber chocado inadvertidamente el rasero y la
rigidez mental que los dispositivos del poder y la vida provinciana más disciplinaria en las seudouniversidades imponen
para autoperpetuarse)
Lo que he intentado comunicar aquí, en
esta conferencia, como “Una educación para el otro” es que vivimos en una larga crisis de la cultura
occidental marcada por grandes eventos históricos que se constituyen en sus
propios signos reveladores como, entre otros “síntomas”, el genocidio judío,
una de sus más paradigmáticas expresiónes, tal como ya lo decía Theodor Adorno
en su famosa conferencia de 1966. Así, la domesticación o la educación humana
que realiza esta misma cultura, por sí misma no nos cura, en sus principios
básicos, de la posibilidad de cometer
atrocidades. Por lo tanto, tampoco de fracasar en el proyecto humano de
realizarnos y, al mismo tiempo, liberarnos. Los campos de exterminio fueron
ejemplos del Mal Absoluto, del horror inexplicable, y no son un singular accidente
histórico propio de la historia interna de Alemania sino una excrecencia típica
de la vocación totalitaria en el seno de la misma cultura occidental cuyos
fundamentos están dados en lo que Max Weber llamaba la Razón Instrumental y sus
dualismos reduccionistas: malo-bueno, cuerpo-espíritu, etc. Y en el
reforzamiento puro de un ego conquistador, autotélico y avasallador de la
naturaleza y de los otros. Por ello Adorno afirma que “la primera de todas las
exigencias de la educación es que Auschwitz no se repita”.
Esto implica que nuestra relación con
el mundo y con los “semejantes” es la de
la imposición de nuestra visión y el dominio del otro, esquema que se repite en
todas nuestras relaciones. Y en esta dinámica esencial se reduce, se elimina,
se teme o se descalifica a todo lo que representa lo Otro, lo Diferente o lo Extraño. Esta otredad pueden
representarla, alternativamente o al mismo tiempo, el judío, lo desconocido, la
muerte, los negros (o, circunstancialmente los blancos), las mujeres, los
niños, los viejos, los extranjeros o los
homosexuales a quienes se rechazan, se aíslan, se denigran, se matan, se eliminan, se descalifican porque se les
teme, se les odia, se les repudia o se
les excluye, mucho más allá de lo que podemos confesarnos a nosotros mismos y a
pesar de los discursos moralizantes que hacemos para camuflarlo. Discursos que,
a pesar de todo, ya llevan la semilla del gran Mal, la semilla de Auschwitz. Muy
significativo al respecto es que, el mismo coordinador del seminario de
postgrado que me invitó a dar esta conferencia, se apresuró a advertir, una vez
que terminé de hablar, que “había que tener sumo cuidado con estos
planteamientos pues, si somos tan tolerantes con, por ejemplo, la
homosexualidad, ¿cómo haríamos después con su fácil propagación?”.
Aquí la frase de Renán de que “Yo, que
soy cultivado, no encuentro el mal en mí,…” resulta más que una ingenuidad, a
estas alturas en que ha ocurrido lo impensable en medio precisamente del mayor
apogeo de la ciencia y la cultura occidental: la educación convencional que
recibimos, por más refinada que sea, no impide ni impidió Auschwitz.
Romper con ello es priorizar una
relación con el Otro y es dar prioridad
a una relación ética en la educación. Aprender es ya una relación de
encuentro (con lo otro, por supuesto y
con lo desconocido). Una educación que no sólo impida otro Auschwitz, sino
otros horrores como el enorme catálogo de injusticias y arbitrariedades cometidas
en el siglo XX y el XXI, empieza por problematizar esta relación con lo Otro.
Por tanto, esta pedagogía no puede ya ser repetitiva, ni centralizada, ni
autoritaria, ni cerrada, ni instructiva, ni doctrinaria, ni hegemónica -como entiendo que es la educación actual en Venezuela- sino
libre, horizontal, plural, riesgosa, creadora, abierta, incluso llena de dudas
y hospitalaria para que pueda ser una verdadera apertura al otro y contribuya
de verdad a la transformación y la emancipación auténticas de los hombres y
mujeres en nuestro propio tiempo.
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